jueves, 7 de enero de 2016

Ojalá, y simplemente ojalá.




Ójala, y simplemente ójala, despertar fuera tan sencillo cómo hoy.
No me acuerdo que había soñado, pero seguro que algo relajado, pues el tránsito del sueño a la guerra ha sido de lo más placentero, cual parto en un jacuzzi aunque sea una puta cerdada.
Llueve demasiado fuera, el viento poco a poco se va aburriendo de dar la bara, no como Matías Prats en el anuncio de tener los 15 puntos.
Hace frío, pero la calefacción lo compensa con algo de calor para buscar la temperatura ideal. Café sobre la mesa, en la taza de Ac/Dc , cómo si no. 
No se escucha nada, simplemente el silencio, y jamás pensé que podría relajarme así de bien. He salido de la guerra y ahora la soledad en momentos como este me ayuda a recomponer el puzzle poco a poco, y darme cuenta que es realmente lo que quiero hacer para que todo vuelva a la normalidad.
Hoy se ha acabado toda la navidad, la que tanto adoro, la que hacía falta que todo el mundo supiera aprovechar, dejarse de pollas de negros por el teléfono, y dar besos y abrazos a la gente cercana.
Creais o no en dios me tira de los cojones, pero al menos utilizarlo de excusa para hacer buenas obras y no para machacar el estómago y el hígado. Tener regalos nos gusta a todos y no es sano quejarse por todo lo que hace la gente hace en navidad. 
Que el Corte Inglés se haga de oro con todo esto o no me suda la polla, me vale infinitamente más ver la cara de alguien a la que le regalo algo, que cuatro se hagan millonarios a mi costa.
Han sido puede, que a pesar de todo, las mejores navidades que he pasado nunca. De dos semanas solo he trabajado 6 días, y el resto me lo he pasado entre familia, comida, amigos, tranquilidad y cerveza.
A medida que pasa el tiempo me doy cuenta de los padres tan grandes que tengo, y cada día me doy más cuenta, que ójala, y simplemente ojalá, ser como ellos algún día, que algún hijo mío sienta lo mismo que yo al verlos a ellos.
No entender de fotos con el móvil, ni estados de Facebook, en sus ojos se veía que estaban apretando los puños, para recordar el momento que estaban viviendo. Como al verme les brillaban los ojos, y al llegar a casa decían que fueran sus mejores navidades, para poder vivirla de esta manera, a golpe de cerveza, sonrisas y afecto mutuo.
Y hoy y siempre quiero quedarme con todo eso, que es lo que realidad importa en la vida, esos momentos que nos hacen sentir fuertes, nos hacen apretar los dientes y hacerse fuerte para todo lo que pueda ocurrir más adelante, y también para darte cuenta de lo que tiene la vida de bueno. Todo ese tipos de cosa que estamos perdiendo.
Veo otras familias y todas están tomando algo, sin hablar, con el teléfono en la mano, incluso la gente mayor, y cada día me da más asco todo, y cada día me alegro de ser así, chapao a la antigua, pero en cosas como esas, y aunque yo mismo sea pesado en las redes sociales, aún se distinguir los momentos en los que pueden utilizarse.
La vida es demasiado corta para perder momentos únicos de afecto y cariño.
Y ahora se acaba el oasis de respiro y nos queda seguir cruzando el desierto, hasta que otra pausa venga para poder volver a tener tiempo para uno mismo, vuelta a la batalla diaria, vuelta a la rutina que tantas veces me mantuvo distraído, pero que hoy quiero olvidar.
Ojalá, y simplemente ojalá todo esto para decir, que el mundo se esta volviendo demasiado loco y lo que nos hace falta es simplemente todo eso en estas épocas de mierda y asco. 
El Facebook no te creó, Whatsapp no te llevo en la barriga 9 meses, Twitter no te dió de comer, Instagram no pago tu ropa, ni Snapchat tus estudios. Ellos no quieren tu afecto, pero tu familia sí.

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