domingo, 3 de enero de 2016

Crónica de una muerte anunciada.



Siempre queriendo ir un poco más allá de lo normal, y siempre vuelvo a ser el mismo. Cada vez más insimismado en uno mismo, cada vez más cerrado que la caja fuerte de Bill Gates. 
Sé, que tengo un montón de cosas que ofrecer a alguien, pero no se como empezar. Hay una especie de cortafuegos que no me deja avanzar, ni siquiera me deja abrirme a nadie. Y cuando quiero relacionarme con alguien, parezco un puto elefante en una cristalería. 
Nunca llegué a imaginar que estar solo. Psicologicamente hablando sería tan sumamente duro. Me pase la vida solo por el mundo, pero no aprendí nada. Probé la comodidad, y ahora simplemente soy el perro que abandonan en el kilómetro 115 de la A1 dirección Burgos, sin ningún sitio a donde ir. Ningún instinto básico sale a la luz. Preguntándome quien soy, y como poder sobrevivir.
Miro al lado de la cama y no hay nadie, pregunto si hay alguien detrás del sofá, pero nadie responde. Tenerlo todo ya no sirve nada, al menos a las 5.05 de la mañana de la madrugada del sábado para el domingo. 
Faigome vieyo poco a poco, y me pregunto si yo, voy a ser esas sobras que quedan después de que la gente buena sepa complementarse. Después, me pego una paliza y respiro hondo.
Poco a poco sigue aburriendo cada vez más la gente siempre, los mismos sitios, aunque jamás los cambiaría por nada del mundo. Ya no se como salir del círculo este que tengo entre ceja y ceja, que se llama cerveza e intentar ser el rudo al que nadie se le acerca, salvo la gente que sabe que no muerdo.
Difícil papeleta, como difícil es intentar disfrutar de todo esto desde la soledad más extrema, que te entra desde la calva hasta las uñas de los pies, dejándote de piedra, y cada vez más frío. Pero luego alguien te toca, y el calor vuelve a aparecer, aunque sea pasajero, para recordar que algún día, puede ser el día.
Ya no se viaja con lo que me gusta, y ya no se si debo abandonar todo, e intentar buscar un nuevo inicio lejos, o marchar a conocer países dentro del caracol que puede ser un camión, intentando rodar todas las calles europeas.
Ya no sé qué instinto seguir, como tampoco saber cual de los dos morancos me da más asco. 
La fiesta cada vez me deja con menos neuronas, y cada vez me deja sin más recuerdos, que intento atrapar entre los dedos. Y me duele ver que desaparecen y simplemente recuerdo que comí ayer. 
La música me apacigua y me hace pensar en futuros perfectos, y eso me hace sentir una especia de felicidad pasajera imaginaria. Pero luego se acaba y vuelta a empezar. La gente después me llama raro por norma general, y ojalá pudiera dejar de decir tonterías, y aparentar ser el de la mala ostia. Pero a veces cansa y hay que cambiar para hacer ver a la gente, que hay personas que pueden sentir demasiadas cosas.
Los velux son una puta mierda, siempre que llueve te despiertan, pero luego te hacen sentir a salvo, como cuando nos metíamos de niños en las cajas de cartón y decíamos que era nuestro fuerte y nadie podría franquearlo. Como el corazón, que luego se desarma.
El Rock'n'Roll esta bien para sacar la rabia, como también los acantilados cantábricos. Ya no sé dónde esconder todo eso, las alfombras están llenas, cogersa ya no traga tanta mierda. Así que tendré que buscar algún tipo de solución sin que nadie salga herido.
Y todo esto sin ningún tipo de sentido, para decir que ojalá no fuera tan grande, tan mala ostia, tan apartado y tan tímido. Y ojalá y solamente ojalá, fuera alguien tan normal como cualquiera que lee esto, y demostrar que la gente como yo quiere, y siempre quiere alguien que complete este puto desastre, que pende de un hilo cada día que sale por el marco de la puerta. Y ojalá algún día, apreciar todo lo que se tiene en la vida como hacía antes. 
El dinero es papel y algo es valioso, si tu quieres que lo sea.

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